Música

De la vida real, a la realidad.

 

 

- Estas guapísima !  ...

 

Laia giró la mirada y me volvió a enseñar esa sonrisa tímida de cada mañana.

 

- Que dices ?  Estoy fatal.

 

Siempre tenia que volverle a insistir.

 

- Guapísima Laia. Que guapa !!!

 

Ahora sí que se reía y me clavaba sus ojos llenos de vitalidad que me iluminaban cada mañana.

 

Cada mañana le decía que estaba guapísima y cada mañana se lo tenia que repetir, increíble. Increíble, si increíble, porque era guapísima. Con una melena rubia, espesa y semiondulada, con unos ojos  marrones preciosos, que me iluminaban la vida, una sonrisa mágica capaz de inyectar-te alegría en vena. Era impresionante, con una presencia femenina y dulce, que acompañaba su cuerpo femenino y sensual. Siempre muy bien vestida con un estilo personal, original y sencillo.

 

Así era la Laia, el amor de mi vida, la chica, la madre y la mujer que compartió conmigo la esencia de la vida durante más de 30 años. La mujer que me ha permitido conocer la potencia del amor, del amor pleno, puro, incondicional y poderoso.

 

Todos deberían de vivir la experiencia de sentir un amor así. Todos. Debería de ser obligatorio. Recuerdo que muchas noches, cuando nos metíamos en la cama, yo buscaba con mi pie el tacto del suyo. Sólo eso, poner en contacto los dos pies, la palma de mi pie con la planta del suyo entonces lo notábamos. Sólo tocarnos, notábamos la calma, la tranquilidad, la paz, la sensualidad, la dulzura, la compañía y la plenitud que invadía nuestros cuerpos de pies a cabeza. Sólo tocándola con el pie. Era como si me ducharan por dentro de arriba a abajo con la mejor de las sensaciones que os podáis imaginar. Era sutil, pero era una descarga de amor preciosa y se producía cada día, cada vez que nos dábamos la mano, cuando nos besábamos, cuando nos abrazábamos, cuando hacíamos el amor y siempre. Laia me comentaba que muchas veces buscaba el tacto conmigo sólo para ser consciente de que eso aún nos pasaba y para asegurarse de que esto existía de verdad.

 

Un día, si, un día cualquiera. Uno que empezó como siempre.

 

- Estás guapísima !  ...

 

- Que dices ? ...

 

Antes de salir, Laia me comentó.

 

- Hoy voy al médico para recoger los resultados de las pruebas de la barriga. No es necesario que vengas, ya te llamaré.

 

Desde hacía unos días, Laia había notado que se le hinchaba la barriga y había ido al médico a hacerse  unas pruebas. Fui a la oficina a trabajar, pero no me quedé tranquilo, así que, sin preguntarle, me escapé para acercarme a la clínica.

 

Al entrar pregunté por ella y me indicaron rápidamente. No olvidaré nunca la imagen que vi cuando abrí la puerta. Laia lloraba estirada en una camilla y tan solo verme abrió sus brazos para que la abrazara.

 

- Cáncer, Ramón, tengo cáncer.

 

Dijo con la voz rota y los ojos húmedos.

 

Me partí en dos, literalmente. Aquellas palabras, y la tristeza y el miedo de Laia, me destrozaron por dentro y me blindaron por fuera. Me tocaron directamente el fondo de mi corazón, pero tuve que mantener la calma y intentar tranquilizarla para ser su soporte y su punto de apoyo.

 

Laia había desarrollado un cáncer de ovario de grado III, significa que el cáncer, que había empezado en un ovario, ya había crecido hasta el punto de explotar y diseminarse por toda la zona abdominal. El tratamiento era duro, operar y quimioterapia de la dura. Las expectativas, aunque los médicos siempre lo pintan un poco mejor que los estudios médicos publicados en internet, no eran buenas. La esperanza de vida variaba entre los 2 y los 5 años.

Asimilar esto no es fácil. No nos lo esperábamos. Laia era una mujer joven, muy sana, vegetariana, muy exigente con la comida, que practicaba mucho deporte ...

 

Después de la operación, la salud de Laia se complicó mucho. La esperanza de vida se acortó sensiblemente. Fue un punto de inflexión. Todo cambió, todo se vio diferente, todo se relativitzo, incluso el tiempo. El tiempo, sí, el tiempo se giró, se giró totalmente. Pasamos de vivir el tiempo hacia delante a vivirlo hacia atrás, totalmente al revés. Pasamos de formar parte de la gente que está en la cola, a sentir la desconexión con la sociedad al situarnos en las primeras plazas al frente de una muerte inevitable. Y nuestro amor se convirtió en el punto de referencia.

 

Mientras caminábamos por la enfermedad, las caricias, las miradas, los masajes y los besos nos fueron iluminando el camino. Me sentaba a travesado en su cama de hospital y colocaba sus piernas sobre las mías para masajearlas. Suave y tierno, suave y tierno, no necesitaba nada más, nuestro amor hacia el resto. La dureza de la enfermedad se rebajaba por un rato con nuestra capacidad, la capacidad de sentirnos de calmarnos, de unirnos, de aislarnos, de amarnos. Eso le aliviaba a Laia un poco su dolor y malestar y descansaba. y yo, entregado, destrozado y doblegado por la enfermedad, encontraba consuelo en la sensación de su tacto, de nuestro tacto y seguía con el masaje hasta que mis brazos no podían más.

 

Fue un mes y medio de un amor intenso, un amor puro, esencial y conjunto, amor con una atracción total, integral, profunda y vital. Estábamos unidos, imantados y integrados y encarábamos la muerte con toda su crueldad.

 

Después de varios días de dificultad y enfermedad, llegó. Llegó el momento de ver la muerte de cara, el momento de abrazarla, de integrarla y asumirla.

 

Laia lo hizo con fuerza y con capacidad, como lo hacia todo en la vida. Incluso, en el momento más difícil, cuando se despidió de nuestros hijos, Miquel y Laia, lo hizo de forma impecable, con dulzura, amor, ternura y esperanza.

 

Un honor Laia, un honor haber estado a tu lado. Te amo y te amaré siempre. El amor es lo único eterno de esta vida. Hasta pronto ...

 

Si no hubiese tenido la suerte de tener dos hijos preciosos que me quieren y me atan con su amor y su esencia, mi suicidio se hubiera producido en el mismo momento que se iba Laia. Esto me hubiera permitido acompañarla al otro lado y concederle a Laia la capacidad de hacer ese paso tan tenebroso de la mano del amor de su vida. Seguro que hoy no estaría aquí, no lo dudéis ni un segundo.

 

En esta vida no hay nada más, sólo el amor, el resto es paja. No hay nada más en juego, y con la muerte de Laia me he quedado con un pie al otro lado. Ya no veo la vida como antes. Una gran parte de mi ya ha atravesado y el amor de Laia ha empezado a llenar de contenido mi vida en el otro mundo. Antes lo tenia todo en esta vida y vivía deseando no morir. Ahora estoy dedicado a incrementar el amor hacia las personas cercanas en esta vida, pero tengo un gran tesoro en la siguiente. Me ha cambiado el punto de referencia. Me ha cambiado todo.

 

Ahora veo la vida diferente, muy diferente que la mayoría, Veo el amor como un tesoro y el resto solo tiene valor en la medida que me ayuda a poder amar más y mejor a los que tengo más cerca, pareja, hijos, padres, hermanos y amigos, por este orden. El dinero es importante si con él puedes aportar y incrementar el amor hacia los más cercanos, si les puedes dar sin esperar nada a cambio. Sino, sólo es dinero, porque cuando Laia afrontó su muerte, lo único que se llevó fue el amor y la ternura de los que ella había amado, lo único que la acompañó, lo único que la llenó, lo único que le importó.

 

La muerte de Laia me ha cambiado totalmente por dentro, y por fuera me ha dejado una señal, para la gente imperceptible, para mi básica segundo a segundo. Decidí ponerme su reloj como recuerdo, pero no lo quise llevar como siempre, sino al revés. Me lo puse al revés, en la mano derecha y con la esfera hacia abajo, debido al cambio en la percepción del tiempo. Simboliza dos cosas muy importantes para mí. Está contando el tiempo que me queda en esta vida para amar, amar y amar, para sembrar más amor a mi alrededor y esta contando también el tiempo que me falta para volver a encontrarme con mi amor, con mi amor eterno, con Laia.

Ramon.

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